Pensativa y algo nostálgica. Una silueta azul recorre las paredes y ventanas de una habitación fría. Víctima de recuerdos y de un orgullo soberbio.
Perdida en la mezcla de la luz de la calle y el destello despierto de la luna, ralentiza una mente apabullada que se enreda en su cabeza y le cede a la música el control de su cuerpo.
Al merced de una melodía, sus pies desfilan un blues y su mente se mezcla con el viento sur que sopla sin prejuicios. Su cabello meciéndose al compás de la marea le tapa la vista y le cosquillea el cuello.
La luna, estática y egocéntrica hoy la mira con indiferencia. ¿O será en su cabeza dónde baila el prejuicio absorto de una mirada doliente?
Lejana y sencilla, como el silencio de la marea, la luna, única y constelada, la mira con aire de superioridad y la luz que desfila en sus hombros, le hace sombra a su soledad. Las dos, silenciosas y enérgicas, se miran con ojos desbocados.
Palabras y enigmas flotan y vuelan no tan lejos, un sí, un no, también un quizás. Ella, yo, ellos.
Como si se persiguiesen una a la otra, se tocan por las espaldas, y enredan en la bruma dispersa que deja la duda misma.
Cuánto que irradian, cuánto que iluminan, y cuánto que ciegan.
Despacio, como si le doliese caminar, ella decide dejarlo atrás. Ya no más, no por hoy, no por mi, ni por ella.
Ojos ya cerrados, y almas ya soñando, un viaje que empieza y termina en la misma estrella prodigiosa que le enseña como perdonar.
Y así, en su alma psicodélica, descansa la paz de aquella luna llena de Diciembre, aquella amante de la noche, aquella compañera de suspiros y desvelos que brilla como gran testigo de un amor que hoy, se deja ser.
Perdida en la mezcla de la luz de la calle y el destello despierto de la luna, ralentiza una mente apabullada que se enreda en su cabeza y le cede a la música el control de su cuerpo.
Al merced de una melodía, sus pies desfilan un blues y su mente se mezcla con el viento sur que sopla sin prejuicios. Su cabello meciéndose al compás de la marea le tapa la vista y le cosquillea el cuello.
La luna, estática y egocéntrica hoy la mira con indiferencia. ¿O será en su cabeza dónde baila el prejuicio absorto de una mirada doliente?
Lejana y sencilla, como el silencio de la marea, la luna, única y constelada, la mira con aire de superioridad y la luz que desfila en sus hombros, le hace sombra a su soledad. Las dos, silenciosas y enérgicas, se miran con ojos desbocados.
Palabras y enigmas flotan y vuelan no tan lejos, un sí, un no, también un quizás. Ella, yo, ellos.
Como si se persiguiesen una a la otra, se tocan por las espaldas, y enredan en la bruma dispersa que deja la duda misma.
Cuánto que irradian, cuánto que iluminan, y cuánto que ciegan.
Despacio, como si le doliese caminar, ella decide dejarlo atrás. Ya no más, no por hoy, no por mi, ni por ella.
Ojos ya cerrados, y almas ya soñando, un viaje que empieza y termina en la misma estrella prodigiosa que le enseña como perdonar.
Y así, en su alma psicodélica, descansa la paz de aquella luna llena de Diciembre, aquella amante de la noche, aquella compañera de suspiros y desvelos que brilla como gran testigo de un amor que hoy, se deja ser.