Una fuerte luz blanca rodeaba la habitación y cubría las sábanas de un brillo incandescente. Todo en ese cuarto lucía pálido y muerto, tanto las camillas como los cuerpos que descansaban en ellas.
Me desperté desorientada, tardé unos minutos en incorporarme, el frío me agrietaba la piel y me estremecí al notar que no sabía dónde me encontraba, pero el perfume a sangre y a remedio era inconfundible; solo había un lugar en el que podía estar, y ya lo había descifrado.
Mis ojos buscaron desesperadamente a mi papá, la noche anterior había venido a visitarlo, pero no lograba verlo por ningún lago. Comencé a sentir un gusto metálico en mi boca, no podía estabilizarme del todo, así que opté por seguir sentada, me pesaban los hombros y sentía los músculos entumecidos.
Justo antes de preguntarle a la enferma dónde se encontraba, apareció frente a mi. Se estaba colocando apresuradamente la bufanda y me sonreía nervioso, aunque no era esa clase de nervios que indican que algo estaba oculto, porque ambos sabíamos lo que pasaba, por más que ninguno lo podía decir en voz alta.
Me habló con un tono muy sereno que hasta incluso me asustó, su tranquilidad era anómala, más para un clima como ese. El había querido irse desde el primer momento en el que llegó, no quería que lo vieran así, aunque sabía que ya era tarde.
Me habló con un tono muy sereno que hasta incluso me asustó, su tranquilidad era anómala, más para un clima como ese. El había querido irse desde el primer momento en el que llegó, no quería que lo vieran así, aunque sabía que ya era tarde.
-Me voy Gal, me tengo que ir, me está esperando..
No fui capaz de responder, me sentía incómoda y confundida, ¿qué hacía yo en la camilla? ¿de quién estaba hablando? ¿quién lo estaba esperando?
Con dulzura y como si me leyese la mente, dijo:
-Me voy con el abuelo, me voy, me tengo que ir, vos no te preocupes, pero ahora me tengo que ir con él.
Eso no me aclaró mucho la situación, hacía cada vez más frío, y la luz que entraba por la ventana ya comenzaba a lastimarme los ojos, el sabor amargo subía por mi garganta y en cada respiro me ahogaba cada vez más.
Como la bufanda ya rodeaba su cuello, comenzó a ponerse el saco. Le quise decir que se quede, que no entendía que estaba pasando, que no entendía a dónde se iba ni mucho menos porqué yo estaba allí, pero de mi boca no salió palabra alguna, solo un grito ahogado que murió en un palpitar, en lo que yo sentía que era un abrir y cerrar de ojos, pero que en realidad era el despertar mismo. Ahora por fin podía respirar.
El aire corría por mi garganta y se insertaba como agujas en mis pulmones y en mi cerebro, la brisa cálida de octubre me erizaba los pelos de la nuca mientras mis huesos tronaban al intentar incorporarme.
Con los párpados aún pegados y la voz un poco ronca atendí el celular, era mi mamá que me llamaba y me hablaba con voz quebrada, sonaba casi con miedo, y en el titubeo de su voz, me encontré con esa culpa inevitable que uno siente al hacer una pausa tan obvia.
El aire corría por mi garganta y se insertaba como agujas en mis pulmones y en mi cerebro, la brisa cálida de octubre me erizaba los pelos de la nuca mientras mis huesos tronaban al intentar incorporarme.
Con los párpados aún pegados y la voz un poco ronca atendí el celular, era mi mamá que me llamaba y me hablaba con voz quebrada, sonaba casi con miedo, y en el titubeo de su voz, me encontré con esa culpa inevitable que uno siente al hacer una pausa tan obvia.
- Ya es hora Gal, vengan al hospital, él.. él se está yendo.
Sentí como las agujas del reloj se detuvieron por segundos, segundos que se sintieron como años, como risas y domingos de lluvia y helado de vainilla en la casa del abuelo.
Sentí como cada abrazo y cada caricia se me clavaba en el alma. Como toda esperanza se desprendía de mi y me arañaba el cuerpo. Sentí como las lágrimas se tropezaban entre sí y me humedecían el rostro. Y sentí como cada promesa y sueño se disolvía a mis pies.. y como la muerte anunciaba su entrada.
Nunca caminé esas cuadras con tanto lamento aferrado a mis pies, nunca el cuerpo me había pesado tanto, y nunca un camino había sido tan largo y oscuro como bosque de invierno.
Te encontré como el día anterior, salvo que ya no te podía prometer que mañana volvería, que me bañaría y te compraría tu alfajor preferido, porque ya sabíamos que eso era imposible.
Todavía tu cuerpo estaba caliente y llevabas en el rostro la misma mueca que siempre; seria y testaruda, pero con ese aura tierna y cálida que te adornaba los ojos, ojos que hoy cerrados descansaban junto con el resto de tu alma.
Inocentemente me nació abrazarte, como si todavía siguieses ahí, como si mi caricia podría traerte de nuevo, como si todo podría repararse.
Me separé de la camilla y te contemplé con la misma paz que sigue en mí cada vez que te pienso. Me pregunté a dónde se irán nuestras almas una vez que morimos, una vez que volvemos a nacer. No supe responderme, aún no sé hacerlo, pero es en esa duda en la que mi fe se aferra para seguir con él.
Y así es que comprendí en su totalidad de lo que estaba hablando él, y de porqué se estaba yendo con el abuelo. Así comprendí que su aviso era en realidad una despedida, y que antes de irse, me vino a abrazar en mi sueños.
Sentí como cada abrazo y cada caricia se me clavaba en el alma. Como toda esperanza se desprendía de mi y me arañaba el cuerpo. Sentí como las lágrimas se tropezaban entre sí y me humedecían el rostro. Y sentí como cada promesa y sueño se disolvía a mis pies.. y como la muerte anunciaba su entrada.
Nunca caminé esas cuadras con tanto lamento aferrado a mis pies, nunca el cuerpo me había pesado tanto, y nunca un camino había sido tan largo y oscuro como bosque de invierno.
Te encontré como el día anterior, salvo que ya no te podía prometer que mañana volvería, que me bañaría y te compraría tu alfajor preferido, porque ya sabíamos que eso era imposible.
Todavía tu cuerpo estaba caliente y llevabas en el rostro la misma mueca que siempre; seria y testaruda, pero con ese aura tierna y cálida que te adornaba los ojos, ojos que hoy cerrados descansaban junto con el resto de tu alma.
Inocentemente me nació abrazarte, como si todavía siguieses ahí, como si mi caricia podría traerte de nuevo, como si todo podría repararse.
Me separé de la camilla y te contemplé con la misma paz que sigue en mí cada vez que te pienso. Me pregunté a dónde se irán nuestras almas una vez que morimos, una vez que volvemos a nacer. No supe responderme, aún no sé hacerlo, pero es en esa duda en la que mi fe se aferra para seguir con él.
Y así es que comprendí en su totalidad de lo que estaba hablando él, y de porqué se estaba yendo con el abuelo. Así comprendí que su aviso era en realidad una despedida, y que antes de irse, me vino a abrazar en mi sueños.
Lo sentí. Sos grosa, niña.
ResponderEliminaray, que vos me digas algo así me hace sentir demasiado bien, sos una linda loco, gracias ♥
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